The Big Bang Theory – La serie que ayuda a que el mundo friki sea mejor

The Big Bang Theory lleva diez temporadas en antena y no sólo ha conseguido capturar el espíritu de toda una comunidad de personas, ha sabido evolucionar, madurar con los años… y es posible que haya contribuido a que este mundo de aficiones en el que nos rodeamos sea mejor.

El otro día, repasando la novena temporada de The Big Bang Theory en Netflix, vi a Sheldon plantear una pregunta absurda sobre Man-bat que al final del episodio contestaba Penny. Como me imagino que a todos, la gracia y sorpresa de ese colofón es que Penny, que siempre ha sido cuanto menos condescendiente con las aficiones de sus amigos, se involucre en un debate friki que flotaba desde el comienzo del capítulo. Otro episodio después, porque ya sabéis cómo va esto del visionado en atracón, Penny y Leonard discutían sobre lo que significaba valorarse mutuamente y la necesidad de ser sinceros entre ellos. Y en ese momento pensé en lo mucho que había cambiado la serie y en cómo había conseguido equilibrar sus elementos.

 

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Cuando empezó, el chiste de la serie era que estos cuatro amigos, aficionados a los cómics, los videojuegos, el cine palomitero y la comida étnica, veían su mundo al revés al llegar la vecina de enfrente, Penny, aspirante a actriz y, algo que se remarcaba mucho más al principio, de buen físico y con algún pelo de tonta. Pero esto es lo que pasa con las sitcom: pese a su férrea disciplina de escenarios limitados y un status quo marcado, evolucionan ante tus ojos sin que te des cuenta. Los personajes crecen y en un parpadeo de años, todos están emparejados.

 

La importancia de la representación

 

Voy a hablar de lo general a lo particular; quiero pasar de lo grave a lo ligero: ahora, por fin nos estamos dando cuenta de que tenemos un problema de representación. Nuestras ficciones, durante demasiado tiempo, han sido como esos globos de cristal que puedes comprar de recuerdo en cualquier ciudad del mundo, encapsulando un status quo que no representa una diversidad que clama por ser visible. Cuando hablamos de whitewashing, o del Test de Bechdel, no sólo hablamos de una película concreta o de un problema específico, sino de un fallo estructural en nuestra forma de ver el mundo, tanto en la forma de representarlo como de consumirlo.

 

Reparto femenino de The Big Bang Theory en Cinco79
Han pasado las temporadas y los requiebros narrativos, pero The Big Bang Theory por fin supera el Test de Bechdel.

 

Poco a poco, esto está cambiando. Aún sigue siendo noticia que el protagonista de un videojuego no sea heterosexual, pero el recibimiento dista mucho de lo sucedido cuando Mass Effect y su sistema de ligoteo a discreción llegara a las consolas, por ejemplo. Que un actor homosexual se haga fotos con su pareja ha dejado de ser un titular relevante, como relación o como mero hecho noticioso y sorprendente, desde hace años.

La representación significa visibilidad y por lo tanto normalización, para bien y para mal. En el espectro negativo, podemos acostumbrarnos a cierto tipo de violencia, porque a estas alturas ya nadie parpadea siquiera cuando una ciudad entera es arrasada por un rayo desde el cielo: vaya tiempos locos cuando comíamos palomitas compulsivamente en el instante de destrucción masiva de Independence Day (1996); en el positivo, podemos acostumbrarnos a que chico no tiene por qué conocer chica: puede conocer chico, o dudar entre ambos sexos, o conocer a una mujer mayor o simplemente elegir estar solo, que si la historia está notablemente construida, una mayoría escoge dejar los prejuicios a un lado.

 

De mayor quiero ser como…

 

La representación tiene otra cara. Como dijo Roger Ebert al respecto de las películas, y es una definición que me atrevo a extender a todo el audiovisual, se trata no sólo de un producto cultural, sino de una máquina empática: durante veinte minutos, una hora y media o cinco, se nos pide que nos pongamos en el lugar de varias personas y sintamos lo que ocurre al otro lado de la pantalla. Por descontado, depende de la personalidad de cada uno cómo dejamos que esa ficción nos hable pero, aunque sea de formas sutiles, cierto poso permanece, porque nunca dejamos de ser críos y de imitar lo que nos rodea.

 

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Por eso la representación es tan importante. Cuando The Big Bang Theory, una de las series más famosas de esta década, pide a su público que se meta bajo la piel de cuatro personas no muy populares socialmente, aficionados a los cómics y las series de ciencia ficción, está ayudando a dos grupos de personas. Por un lado, amplía las miras de esas personas que desprecian abiertamente expresiones de cultura popular, porque estos marginados no lo son por leer cómics o ver Battlestar Galactica, sino por su bagaje personal: a más de uno le convendría reconocer que no todos se desenvuelven con soltura en sociedad. Por el otro, hacen que el friki de turno comprenda que su vida no tiene por qué limitarse al odio infinito en Internet y que puede aspirar a todo lo que quiera, sí, incluso a tener pareja si es lo que desea.

Es más, con el tiempo la serie se ha enriquecido al abordar la madurez de las relaciones sentimentales. Con nueve temporadas, aún no hay ninguna de las parejas que haya pedido a los protagonistas que dejen sus aficiones y “maduren”, porque se asume que pese a las frases lapidarias y los ojitos en blanco, hay un mínimo de respeto por las aficiones de otro. Y son cuestiones de respeto las que marcan el tema de cada capítulo: del uno al otro y también por uno mismo.

 

Comunidad compartimentada

 

Cuando era un adolescente aficionado a los cómics, me enclaustraba con unos colegas ante el supuesto desprecio de ignorantes que, por el motivo que fuera, consideraban una obligación crecer y alejarse de cierto tipo de cultura (spoiler: esa actitud es de todo menos madura). Nada malo en hacer piña con gente con la que compartes aficiones, salvo que en ese grupo formado exclusivamente por hombres empezó a fermentar un pensamiento tóxico hacia las mujeres: se consideraban inalcanzables o, como mínimo, cortarrollos, por las malas experiencias que habían tenido algunos de sus miembros. De algún modo, creían que si no conseguían ligar no es porque fueran socialmente ineptos o porque despreciaran a una mujer por el mero hecho de serlo, sino porque coleccionaban cómics.

 

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Al crecer, descubrí que te rodeas de la gente tolerante con tus aficiones, sean coleccionistas o no, y que lo más perjudicial que puedes hacer es meterte en una burbuja y negarte a salir porque se cuestionan tus gustos: si de verdad te gustan los cómics, las películas de ciencia ficción o los videojuegos, no te puede importar menos la opinión contraria de alguien cerril porque, si lo piensas, el que sale perdiendo es el criticón. Que nadie puede pedirte que dejes una afición como los cómics si hay respeto y que las mujeres pueden disfrutar de los cómics igual, aunque me parece que la mayoría del material de los 90 sea infumable para ellas, porque se han ganado un hueco como lectoras, guionistas y artistas. Hoy, casi el 50% de los lectores de cómics son mujeres.

Pienso que en aquella época que compartí de comentarios machistas y odio a los demás, hubiera venido que ni pintada una serie que nos hiciera ver que nuestro mundo era pequeño y mugriento. La dramatización, en las primeras temporadas de The Big Bang Theory, de nuestro estado social hubiera servido para ver lo ridícula que era nuestra actitud y, a partir de la incorporación de Bernadette y Amy, hubiéramos podido ver que era posible aspirar a más. Y puede, sólo digo que puede, que yo no me hubiera tenido que alejar de esa gente que se refocilaba cada vez más en mentalidades nocivas.

A día de hoy veo The Big Bang Theory y me reconozco en las luchas de Leonard, Penny, Bernadette y Howard. Viendo algunos comentarios de Internet, ojalá mucha gente hiciera lo mismo en vez de buscar una validación a sus prejuicios.

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Adrián Álvarez

Adrián Álvarez empezó a escribir en Internet en 2004 y no ha dejado desde entonces de volcar su sabiduría en distintos medios de comunicación. El último gran guionista audiovisual, compagina su trabajo como redactor en Cinco79, co-fundado por él, con otras doscientas webs y un empleo que le da de comer. También hace la mejor tortilla francesa de España.