Secret Wars: ¿valió la pena?

Con las Secret Wars terminadas hace unos meses, en Cinco79 nos ha tomado nuestro tiempo reflexionar sobre uno de los eventos más grandes (en ambición, amplitud y repercusión) que Marvel ha hecho nunca. Pero no guardamos muy buen recuerdo de ello.

Decepción progresiva

A pesar de las alabanzas que le dediqué en sus primeros compases, me enfrento a las Secret Wars no como un conjunto de números individuales sino como un todo, tal y como si estuvieran recogidas en un tomo. Y chico, vaya cacao narrativo que tenemos entre manos, fruto de la ambición desmedida de Jonathan Hickman por abrir frentes sin negarse a cerrar alguno: como un niño contando su primer día de escuela, los eventos se atropellan y al final sólo quieres que termine todo.

Al principio, la narración me pareció que se tomaba su tiempo para coger impulso. No me tomo por un lector de cómic impaciente y, cuando está bien hecha, la narrativa descomprimida tiene un punto satisfactorio al detenerse en lo que es banal sólo en apariencia, pero lo de estas Secret Wars no es eso. En un número suceden muchas cosas, pero no llegan necesariamente a un sitio interesante y el status quo planteado por Hickman, ese Mundo Batalla del Doctor Muerte, es tan inmenso que el conflicto no escala: las cosas empiezan poco a poco y de repente se vuelven demasiado grandes y, peor aún, dependientes de los rellenos publicados de forma paralela.

 

Secret Wars 1

 

El corazón del conflicto

Cuando a la altura del número 4 aún se están poniendo piezas sobre el tablero no hablamos tanto de ambición como de morosidad, ya que el hecho de que haya alguna escaramuza no significa que haya una verdadera progresión dramática. El Doctor Muerte ha rescatado lo que ha podido del multiverso y lo ha transformado en una Tierra parcheada, en la que aterrizan dos balsas: una con los chicos buenos y otra con los chicos malos; ambas con el objetivo de acabar con el reinado de Muerte. Traiciones y revelaciones se suceden, hasta el enfrentamiento final entre Reed Richards y el Doctor Muerte, dos de los pilares sobre los que se erigió el Universo Marvel: es aquí donde esta la miga de la serie, su corazón, y hasta entonces Secret Wars es una colección de escenas sin una directriz muy clara; es esto lo que hubiera sustentado un excelente arco argumental de Los 4 Fantásticos mejor que una mole narrada a través de más de treinta colecciones.

Porque veréis, al final todo se reduce a que, pese a su máscara amenazante, el Doctor Muerte quiere hacer lo que es mejor para la gente, del mismo modo que Reed: el problema es que Victor hace el bien de la única manera que sabe, mediante la imposición de su voluntad. Reed Richards deja el ego, y hasta a su familia, aparcado por la ciencia; Muerte es incapaz de crear cualquier cosa sin su nombre en el prefijo, desde Muertebots a Muerte-Roombas. Reed vela por la progresión civilizada de la humanidad, de ahí que piense antes en la fusión fría que en la cura del cáncer; Muerte quiere sacudir la civilización, revelar su genio y ser adorado, antes salvador que héroe. Y al final del día, lo que más le duele a Muerte es que desea ser como Reed pero, maldita sea, es incapaz: por eso se apropia de su familia.

Es una lástima que, si rascamos esa épica que empequeñece a Peter Jackson, Secret Wars habla de este conflicto de voluntades de forma muy diáfana. Para que una subtrama resuene con fuerza a lo largo de una historia, y esto es Primero de Narratología, detrás tiene que estar la misma tesis manejada en la trama principal: de lo contrario, no es más que una anécdota. Pues bien, la trama de Hickman es ligera, sin una tesis clara, y aún más escasa de subtramas, mientras abundan las anécdotas y ahonda ensimismado en el Mundo Batalla.

 

Secret Wars 9 Panini

 

Los problemas de Mundo Batalla

Y no son los del Doctor Muerte, son los que cualquier lector se encontrará. Para entender por qué no funciona del todo, más allá de los conceptos chulos, este Mundo Batalla compuesto por trozos de diversas Tierras, vamos a sacar a colación las Secret Wars originales para no soltarlas más, porque la comparación entre ambas nos será muy útil para diseccionar la obra de Hickman: no obstante, toma el nombre de la maxiserie de Jim Shooter y Mike Zeck.

Porque han corrido ríos de tinta con Jim Shooter, pero a pesar de algunas de sus decisiones y megalomanías, el tío sabe lo que hace al escribir un cómic: estamos hablando de alguien que empezó a escribir profesionalmente a Superman a los 13 años y que ascendió de forma meteórica en Marvel hasta dirigir la editorial. Y en Secret Wars, su decisión para crear el Mundo Batalla es muy sencilla: se trata de un yermo en el que ocasionalmente, y más tarde fuera de la maxiserie, se encuentran retazos de civilización. El motivo es que prefiere centrarse en el choque de superhéroes que distraerse con el entorno.

Alguien tendría que habérselo recordado a Hickman, porque su Mundo Batalla es mucho más interesante que las luchas intestinas que padece. ¿Quién quiere saber los tejemanejes del Sheriff Extraño cuando sabe que el mundo de los Hulks podría entrar en conflicto con, no sé, el de los Marvel Zombies, y que sólo el cuerpo de Thors podría evitarlo? No es justo que el guionista nos pida que nos quedemos viendo el mundo por una grieta cuando hay tanto por ver.

 

Secret Wars Mundo Batalla

 

¿De qué va Secret Wars?

No son guerras secretas porque aunque hay secretos, no es precisamente una guerra lo que se oculta. Es una historia de supervivencia desesperada y de las consecuencias que eso conlleva, tanto para los que no pudieron conseguirlo como para los supervivientes. Pero Secret Wars no va de eso, en realidad.

Secret Wars va de cómo Marvel pierde el norte.

Porque veréis, en Marvel hay una lucha intestina entre la división de cómics, la de cine y la de televisión. Mientras que las divisiones de cine y televisión tienen a cabecillas lo bastante potentes como para dirigir el cotarro y chocan entre ellas sin más consecuencias que un par de titulares famosos (por ejemplo, por qué Daredevil no aparecerá nunca en una película Marvel), la de cómics está supeditada ya que generan más contenido que beneficios. Por eso sólo pueden apretar los puñitos mientras se hace una película titulada La era de Ultrón que debería haberse llamado La escaramuza de Ultrón a lo sumo, y por eso tienen que tragar con cualquier demanda que les venga desde arriba.

 

Secret Wars Interior

 

Por ejemplo, que los Cuatro Fantásticos tienen que perder toda su relevancia dentro del Universo Marvel del cómic.

Bajo la excusa de unas ventas que ya no saben cómo levantar, Marvel pretendía cerrar la colección que dio inicio a una nueva etapa en el cómic norteamericano y puso a la editorial, después de años de intentonas, como un rival digno para DC. La versión oficiosa, sin embargo, dice que Marvel no soporta que estos personajes sigan siendo propiedad de 20th Century Fox, un estudio incapaz de hacer una adaptación respetable de la Primera Familia ni de soltar los derechos cinematográficos: como represalia, en Marvel han tomado la decisión de dejar de publicar su serie mientras transfunden a los dos personajes más guays para el fandom a otras colecciones.

Para disimular dicho movimiento, Secret Wars ha sido la respuesta idónea.

Las Secret Wars reales

Si mantenemos el símil, ésa es la auténtica guerra secreta en Marvel: la de los autores de cómics, metidos en una batalla que no debería importarles mientras puedan seguir creando buen material. Pero no pueden, no mientras la división cinematográfica y en menor medida la televisiva consigan resultados muchimillonarios con las franquicias.

Desde 2008, año en el que triunfan El caballero oscuro (Christopher Nolan) y Iron Man (Jon Favreau), no se ha vuelto a ver un crossover entre Marvel y DC. Las relaciones entre ambas editoriales se enfrían cuando los que manejan el cotarro ven que el dinero está en los cines, no en las tiendas de cómics. ¿Para qué montar un lío logístico por un cruce que sólo una de cada diez veces es creativamente satisfactorio?, podrías pensar. Los accionistas piensan: ¿para qué voy a cruzar dos cabeceras que juntas no venden ni trescientos mil ejemplares, cuando puedo dejarme de tonterías y preparar la siguiente película con seiscientos millones de recaudación?

 

Iron Man Cinco79

 

Desde 2008, año en el que Marvel apuesta por su propia productora cinematográfica, la carrera de la empresa por ampliar la marca en cines se traslada en una guerra de despachos con insospechadas consecuencias. El único que ha conseguido salir bien parado es Spider-man: pese a que Sony hizo un reboot (cuya segunda parte no nos entusiasmó) pudo negociar con Marvel la aparición del personaje en el Universo Cinematográfico, mientras dejaban tranquilo a Dan Slott para que dirigiera las riendas del cómic.

Los más perjudicados: los mutantes y los Cuatro Fantásticos. De los últimos hemos hablado antes, así que vamos con los primeros. Desde hace décadas, los mutantes han sido la salvación de Marvel como editorial gracias a unas ventas muy buenas, pero les ha venido fatal que Fox mantenga los derechos contra viento  y marea: las ventas se mantienen, pero es imposible que venga un gran guionista a revolucionar esta parcela de los cómics porque Marvel ya no quiere más mutantes. Primero, la Bruja Escarlata en Dinastía de M reducía el número de mutantes a apenas dos centenares, y como no era suficiente, ahora están esterilizados. Cuesta creer a día de hoy, y como se puede ver gracias a la reedición de Panini, que la idea central en la etapa de Grant Morrison fuera que todo el mundo mutara: ¡hasta los mutantes sufrían una segunda mutación!

En estas nuevas Secret Wars, esta situación se representa con Cíclope, uno de los mutantes más conocidos: pese a contar con la Fuerza Fénix, acaba muerto de manera poco ceremoniosa y ridiculizado por un Doctor Muerte casi imnipotente. Hace años, Marvel no hubiera permitido que los mutantes tuvieran tan poca relevancia en un evento de estas características, ni habría lanzado a Cíclope por la borda así.

Inhuman is the new mutant

Mientras, se produce un repunte con los Inhumanos, gracias a unas nieblas terrígenas que, de forma muy conveniente, transforman a una pequeña parte de la población terrestre, otorgándoles poderes y despertando el recelo del resto de la gente. ¿No os suena el mantra? Debería, porque los Inhumanos han dejado de ser esa civilización escondida para ser los nuevos mutantes. ¿Y quién retiene los derechos cinematográficos de los Inhumanos? Marvel.

De forma consistente, Marvel intenta que los cómics se parezcan a las películas, sin percibir que intenta atraer a un público encantado de pagar diez dólares por una entrada, pero renuente a pagar tres por veinticuatro páginas: no por hacer un birlibirloque para que el Nick Furia de los cómics sea negro y calvo, vas a conseguir que saquen la cartera.

Inhumanos Cinco79

 

Todos estos cambios sólo cabrean al lector de cómics. Puede que haya nuevos lectores con cada película en cines, pero en realidad el impacto en las ventas a largo plazo, cada vez que hay un estreno, no merece el esfuerzo de sacrificar cabeceras y hasta especies de ficción enteras por un quítame allá esos derechos. Las editoriales siguen preguntándose si alguna vez volverán a vender un millón de ejemplares, mientras plataformas como ComiXology toman una alternativa distinta a vender lo mismo que en tiendas, pero digital.

Y el lector de cómics, el fan de los mutantes, el coleccionista de los 4F, se pregunta qué ha hecho para merecer esto. Deberían de dejarse de tejemanejes, asumir que los cómics es una parcela distinta con unos ritmos y público no necesariamente parecidos a los del cine y dejar sus creaciones en paz. Pero no lo harán.

Como he dicho antes mil y una veces: el cómic, como el cine, es un negocio en el que se hace arte por casualidad.

Hoy nos toca negocio.

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Adrián Álvarez

Adrián Álvarez empezó a escribir en Internet en 2004 y no ha dejado desde entonces de volcar su sabiduría en distintos medios de comunicación. El último gran guionista audiovisual, compagina su trabajo como redactor en Cinco79, co-fundado por él, con otras doscientas webs y un empleo que le da de comer. También hace la mejor tortilla francesa de España.

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