Secret Wars #2. Descúbrelo – Crítica

Después del aperitivo que supuso el primer número, Secret Wars empieza aquí.

Si en el primer episodio descubrimos el final del Universo Marvel, ahora vemos lo que queda de él, ese Mundo Batalla formado por pedazos de varias tierras paralelas. Y, para explorarlo, se nos mete en la piel de un nuevo miembro del cuerpo de seguridad de los Thors. Hay que tener en cuenta que la utilización del mecanismo narrativo desde el punto de vista del novato, aunque mil veces visto, está usado con buen gusto por Jonathan Hickman en este número de Secret Wars, y sirve al lector para comenzar a aprehender un mundo con reglas nuevas que emana de la catástrofe que supusieron las incursiones.

Es contradictorio: se puede pensar que éste debería haber sido el primer número y, de hecho, Hickman así lo pensó en un principio. Pero está claro que era necesario contar el final de las tierras Marvel a modo de prólogo antes de ponerse con este inicio oficial. Si no existiese esa tendencia a no superar las 48 páginas, quizá hubiera sido mejor publicar estos dos números en un solo tomo, porque se complementan a la perfección y unidos suplen las carencias de cada uno.

El encanto de un rey

A pesar del buen hacer de Hickman, hay algo demasiado familiar: para un estadounidense, la figura de la realeza resulta algo exótico, en tanto que es ciudadano de un país concebido como una república. Tienen, además, un sentimiento religioso profundo, por lo que un rey, designado por la gracia de Dios, les resulta fascinante. De ahí la persistencia de ciertas obras en torno a la realeza, desde Princesa por sorpresa a la serie Kings de la NBC.

¿Os acordáis que comenté la relación entre el careo del Doctor Muerte con los todopoderosos y el final del Universo Marvel que conocemos? En efecto, el latverio parece haber alcanzado la omnipotencia, erigiéndose como emperador de Mundo Batalla y habiendo designado baronías, que son los diferentes cachos de Tierras que conforman el planeta.

Si ver a Victor Von Muerte como emperador es un clásico de los cómics (por no decir que es un recurso un tanto manido), la premisa sobre la que parece sustentarse estas Secret Wars recuerda demasiado a aquella Dinastía de M, sólo que elevada al 11. Pero Hickman hace suyo el dicho de dame lo mismo, pero distinto y, aunque tenemos a un Muerte todopoderoso y un entorno que le regala a Marvel un Juego de Tronos, el resultado es satisfactorio y, sobre todo, muy interesante: este cómic sí que invita a leer todas las miniseries que han surgido de forma paralela.

Secret Wars 2 para Cinco79 - 2

Arte en cada página

Con la tontería, la sorpresa más positiva que me he llevado de este segundo número de Secret Wars es lo cargado que está de subtramas, dobles sentidos y referencias a otros eventos del Universo Marvel. Empezamos con los Thors, seguimos con un combate entre barones, y terminamos con una sinuosa revelación. ¡Pero qué corta se queda esta descripción! Es imposible leerlo en menos de cinco minutos, y resulta una proeza captar todo lo que esta Secret Wars tiene que ofrecer en una primera lectura. Así de buena es la labor de Jonathan Hickman a cargo del guión. Creo muy en serio que la lectura de estos nueve números del tirón, recopilados en un tomo o amontonados en una mesilla, va a ser de las que atesoremos en el futuro.

Pero una buena idea, ejecutada por un buen guionista, no basta para que un cómic de estas características funcione: más que un buen dibujante, se necesita un cómplice. Y los cumplidos a Esad Ribic en el anterior número se quedan cortos en este, donde el dibujante adapta la narración e, incluso, el movimiento de los personajes a este Mundo Batalla que parece uno de los Siete Reinos: del cómic tradicional de superhéroes saltamos al de espada y brujería, y se le incorporan elementos propios de la ciencia ficción. Un ejemplo es una viñeta espectacular en la que alguien, que no quiero desvelar, se abalanza hacia una muerte segura: la sujeción del arma y el dinamismo de su pose durante el salto, hablan de una acción que se da en este mundo, pero que no veríamos en una Nueva York marvelita. El trazo de Ribic es tan rico que, incluso, habla de la personalidad de quien la ejecuta.

Si hay que ponerle un pero es que al dibujante no se le da tan bien dibujar las caras, y el color de Ive Svorcine exagera este defecto. No os llevéis a engaño, que no estoy diciendo que sea incapaz de plasmar más de cinco expresiones diferentes o que lo haga mal por sistema. Me refiero a la “cara de pato”, un mal endémico de Ribic que lleva a sus personajes a poner los labios como si estuvieran haciéndose un selfie. Espero que en los siguientes números no venga a más, porque Secret Wars apunta que no todo van a ser peleas, y que habrá intrigas y conversaciones igual de tensas que una escaramuza sobre el Edificio Baxter.

En este punto, lo mejor que me queda por decir de este segundo número es que al repasarlo me han dado ganas de leerlo otra vez. Valor artístico, complejidad y, sobre todo, ganas de releerlo. ¿Sobreviven de momento estas Secret Wars a sus hermanas mayores? La respuesta a la gallega, porque es otra pregunta: como esto siga así… ¿Quién querrá acordarse de las viejas?

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Adrián Álvarez

Adrián Álvarez empezó a escribir en Internet en 2004 y no ha dejado desde entonces de volcar su sabiduría en distintos medios de comunicación. El último gran guionista audiovisual, compagina su trabajo como redactor en Cinco79, co-fundado por él, con otras doscientas webs y un empleo que le da de comer. También hace la mejor tortilla francesa de España.