La Bruja Escarlata. Mundo de brujería – Reconstrucción en marcha

Nos hemos acostumbrado a que el cine marque por completo lo que hace el cómic, por lo que resulta algo refrescante que las viñetas encuentren un camino propio después de que un personaje haya dado el salto a la gran pantalla. Cuando James Robinson se hizo con los mandos de las aventuras de La Bruja Escarlata, como vimos en su primer volumen, La senda de las brujas, apostó por un camino propio para el personaje, muy diferente al que hasta ahora hemos visto en los filmes con la caracterización de Elizabeth Olsen. En este segundo volumen, James Robinson, profundiza en esos objetivos y lo hace de una manera bastante hábil, con la que sortea algunos momentos en los que da la sensación de que la serie no es más que una huida hacia adelante.

No lo es. En realidad se trata de una redefinición paulatina. Con calma. Asimilando todos los detalles que forman parte del cuadro. Y no es fácil hacerlo porque el cómic no tiene paciencia. Pero Robinson quiere darse tiempo para disfrutar con Wanda, para apreciarla en sus diferentes facetas, para que tenga tiempo de vivir aventuras autoconclusivas y a la vez para ir gestando un retrato mucho más amplio. No es La Bruja Escarlata una serie cortoplacista, como evidencia el hecho de que la gran revelación del primer volumen, el descubrimiento de su verdadera madre, todavía no ha hecho en este segundo que Wanda mueva ficha en ese sentido. Y sin embargo es un tema que no se abandona.

Una nueva Wanda

La clave por la que apuesta Robinson es evidente. Wanda era una mujer destruida. Marvel la destruyó, la convirtió en la responsable de la desaparición de los mutantes y en presa de una locura que acabó con varios Vengadores muertos. Y ahora toca rehabilitarla. Dentro de la diversión que proporciona este volumen, al que amenaza con convertir La Bruja Escarlata en algo simplemente pasajero, acaban destacando dos números. En el primero de ellos, Wanda visita a un psiquiatra. La enorme valentía que hay que tener para poner una escena así en un cómic de superhéroes se complementa con el formidable final que plantea Robinson para ese episodio. En el segundo, planta cara a su hermano Pietro, Mercurio, porque ha decidido ser una mujer completamente nueva y autónoma.

Hay que hacer especial hincapié en este segundo número, porque ahí están todas las claves que van a marcar a la Wanda descrita por Robinson, Casi parece mentira que ese número sea el necesario crossover con Civil War II, historias que normalmente son un compromiso pero que al escritor le sirve para definir de una manera sensacional a esta nueva mujer, para mostrar cómo es la relación entre los dos hermanos más distintos que hay en el universo Marvel y para, de hecho, hablar de una manera adulta y bastante atrevida del mismo mundo del superhéroe en estos tiempos. Ojo, que este número es una pequeña joya que no merece quedar enterrada.

Universo visual femenino

Viendo que el buen hacer del veterano Robinson sabe superar los momentos más flojos para ir construyendo una serie bastante sólida, lo que más llama la atención de este segundo volumen es que ha conseguido hacer virtud de una de sus flaquezas ya conocidas. La ausencia de un dibujante regular le quita identidad a la serie, eso es un hecho. Pero en este tramo hay una diferencia, y es que cada número lo ha dibujado una ilustradora diferente. Ilustradora, sí. La Bruja Escarlata es una serie feminista. Lo es claramente. Habla de una mujer liberada y consciente de su vida, de su poder y de su destino. O al menos de una que está aprendiendo a serlo. Contar con cinco ilustradoras diferentes no es casual, es parte del mensaje. Y encima son muy buenas.

Abre el fuego Marguerite Sauvage con una historia bellísima pero que, en realidad, no está centrada en Wanda, pero a la que da gusto ver mostrando sus poderes. Annie Wu se encarga del segundo número con un estilo muy diferente, con un trazo más desdibujado y un buen uso del color y la luz. Tula Lotay saca buen partido de la historia más tranquila, la visita de Wanda al psiquiatra, y usa francamente bien los flashbacks para que su composición sea atractiva. Joëlle Jones firma un número formidable, aprovechando absolutamente todo, la figura de Wanda, la magia de sus poderes, la trascendente psicología que hay en el número y hasta el amor de la protagonista por Nueva York. Y cierra el volumen Kei Zama con una espectacularidad no demasiado convencional.

Mosaico complicado

Es verdad que tanto relevo en la parte gráfica hace que, al final, cada una de las ilustradoras dibuje a Wanda de una manera propia y no necesariamente coincidente con la de sus compañeras. Y eso, para qué negarlo, hace que estemos ante un mosaico complicado de asimilar por momentos. Pero como cada número ofrece algo, tanto en su dibujo como en la historia que cuenta Robinson en cada ocasión, es muy fácil adentrarse en este nuevo mundo de Wanda. A paso lento, sin duda, pero siempre manteniendo el interés.

Panini publica La Bruja Escarlata. Mundo de Brujería, segundo volumen de la serie, dentro de su Colección 100 % y al precio de 11,50 euros.

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