La Bruja Escarlata: El último maleficio – Un buen lavado de cara

Finaliza con esta tercera entrega La Bruja Escarlata, serie con la que James Robinson ha querido hacer a Wanda un auténtico lavado de cara. Puede que sin la aparición cinematográfica del personaje a partir de Vengadores. La era de Ultrón no hubiera sido necesario hacer este trabajo, o puede que se hubiera hecho de otra manera, pero está claro que al escritor le ha interesado hablarnos de Wanda, hablarnos de la Bruja Escarlata, para rehabilitarla. Para recordarnos que es un personaje interesante, con un pasado complejo, con un presente interesante y con un futuro prometedor. Y consigue sus objetivos, lo venía haciendo en los dos volúmenes anteriores, La senda de las brujas y Mundo de brujería, y lo corona bastante bien en esta despedida. 

Hemos dicho que la idea era hacer que Wanda caminara sola. Con el fin de este camino personal, se puede sentenciar que Robinson ha tomado la mejor decisión posible, y es la de integrar ese viaje en lo que ya sabíamos y en lo que nos faltaba por conocer del personaje. No se reniega de su historia y se da un papel importante al Alto Evolucionador, a Magneto, a Agatha Harkness, quizá el elemento más sorprendente y agradable de todo este relato, a Mercurio e incluso, aunque sea ya casi al final, a la Visión. Pero todo eso encaja como parte de la experiencia vital de una mujer compleja y fuerte. Wanda siempre lo ha sido, pero las sombras a su alrededor le han impedido crecer de manera positiva. 

Sin tragedia

Gusta, por tanto, leer las aventuras de la Bruja Escarlata sin que se cierna sobre ella la sombra de la tragedia o sus consecuencias tengan un papel dominante. Para Robinson, Wanda es una mujer que busca su identidad, y es, a distintos niveles, lo que nos ha venido mostrando en esta serie. El escritor parece entender que más que trastocar hay que recolocar, que no hacen falta acontecimientos dramáticos y llamativos para devolver el esplendor a una figura atractiva. Y prueba, además, eso que no se ve con frecuencia, que se puede contar algo nuevo sobre alguien que lleva con nosotros ya unas cuantas décadas, porque siempre quedan huecos que rellenar. 

Así, Wanda es aquí una heroína con una misión que mezcla lo personal con un escenario mucho más grande. Lo que hace es fusionar el pasado de Wanda, la necesidad de encontrar sus raíces y de acabar con algunos mitos sobre su origen, con una clásica lucha del bien contra el mal centrado en el siempre atractivo mundo de la brujería. Lo dice la Bruja Escarlata al final de la historia, este era un viaje para curarse a sí misma, para convertirse en una heroína por derecho propio, no por herencia, por vínculo afectivo o por cubrir cuotas, como sí ha sido en algunos momentos. 

El dibujo, punto débil

La pena, y eso es algo que se viene señalando desde el principio de la serie, es que La Bruja Escarlata no haya tenido la misma determinación a la hora de apostar por un estilo gráfico. Que cada número cuente con un dibujante diferente provoca cierto desapego, incluso que haya que hacer un esfuerzo para reconocer a Wanda tras el tránsito por cada nueva portada. Y eso no tiene nada que ver con el trabajo de cada uno de los ilustradores, porque por separado no hay ningún número que chirríe. Pero así como en los 90 los ilustradores eran los reyes ahora empiezan a parecer mercancía intercambiable. Y no. No lo son. La Bruja Escarlata habría ganado muchos enteros de haberla afrontado de otra manera. 

De este volumen final, en ese sentido, se puede decir lo mismo que de los anteriores, que hay bastante nivel en sus páginas. Que convencen por igual la magnificación iluminación sombría de Leila Del Duca como la vibrante espectacularidad visual de Shawn Crystal, así como el trazo más desdibujado de Vanesa del Rey que pone fin a la serie, el más contemporáneo dibujo de Annapaola Martello o el arriesgado trazo del único representante masculino en este mundo de mujeres, Jonathan Marks-Berravecchia. Pero falta cohesión, falta una línea que nos conduzca o, si tiene que haber cambios de ilustradores, que estén realmente motivados por la historia, algo que solo llegó a sentirse en el segundo de los volúmenes. 

Una bruja para el futuro

No parece probable que Robinson quisiera redefinir el aspecto mágico del Universo Marvel, pero en cierta manera y viendo el buen resultado de la serie, ha contribuido a hacerlo. Por lo menos ese pequeño reducto de brujas que siguen quedando en él, para que la Bruja Escarlata sea un personaje bien encaminado para el futuro. Hacer eso y hacerlo además con un personaje femenino con el que se han dado tantos cambios de rumbo tiene su mérito. La serie no alcanza el sobresaliente nivel de otros títulos como La Visión o, por recordar otras heroínas, Ms. Marvel o incluso Hulka, pero sí que se sostiene como un magnífico cómic que marcará por mucho tiempo el devenir de su protagonista. Y ese no es un mérito menos en absoluto. 

Panini publica La Bruja Escarlata: El último malefico dentro de su colección 100% Marvel al precio de 11 euros.

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