Crítica de Seoul Station – ¿De verdad tenemos que parar aquí?

Crítica de Seoul Station – Escrita y dirigida por Sang-ho Yeon – Con las voces de Shim Eun‑kyung, Lee Joon, Ryu Seung-ryong, Jang Hyeok‑jin y Kim Jae-rok – 2016 – Distribuye A Contracorriente Films

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Anochece en Seúl. Los altos edificios de oficinas, que brillan como bengalas bajo el cielo estrellado, se apagan progresivamente a medida que se acerca la hora de volver a casa. La gente corriente puebla y abandona las calles y sólo quedan los borrachos, los perdidos, los desposeídos. Pero esta noche no será normal, no cuando uno de estos indigentes aparece con una mordedura y se echa a morir.

Para desesperación de su hermano, nadie le ayuda, ni siquiera un transeúnte que no tiene problema en hablar de sanidad universal y a la vez descartar la urgencia de ambos indigentes. Lo que sigue es la historia de cómo la sociedad se derrumba, incapaz de diagnosticar sus problemas hasta que ya es demasiado tarde.

Una estación muy baja

Seoul Station es una precuela poco memorable de Train to Busan, una excelente película de zombis que tiene todo lo que le falta a ésta. Curiosamente, ambas están dirigidas y escritas por Sang-ho Yeon, pero su desarrollo no puede ser más distinto y no sólo porque Station sea de animación y Train de imagen real.

El argumento recoge una serie de peripecias de personas de la parte más baja de la sociedad. Una ex prostituta se niega a volver al negocio pese a la falta de escrúpulos de su novio, un vago que siempre aplaza lo de buscar trabajo al día siguiente. Es mediante un anuncio de éste último que un hombre, que se presenta como el padre de la muchacha, irrumpe en sus vidas para reencontrarse con ella.

 

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No les será fácil porque, esa misma noche, la plaga zombi se desata y sus caminos se separarán. La joven termina dando tumbos junto a un mendigo, mientras novio y padre recorren la ciudad en su busca. ¿Se encontrarán en algún momento? ¿Vivirán para ver el amanecer? ¿Le importa a alguien eso?

Otra de zombis

Por desgracia, los personajes carecen de un arco claro y la aventura es algo que les sucede, pero que no les afecta en su interior. Esto no necesariamente es obligatorio, pero hubiera contribuido a generar algo más de simpatía por los protagonistas, que dan tumbos por la película. Cinco minutos más de duración y en vez de preguntarte qué es lo que les ocurrirá a continuación, te preguntarías por qué les sigues viendo.

La tesis de la película se desvela en el clímax, ambientado en los pisos piloto de unos lujosos apartamentos a los que ninguno de los protagonistas podría aspirar: ellos mismos lo reconocen, se lamentan, se preguntan cómo podrían haber alcanzado ese estatus. En general, aquí y allí se apuntan ideas interesantes, como que las autoridades confundan el brote zombi con una revuelta social, pero no se explotan a nivel argumental.

 

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Como pasaba con la primera temporada de Fear the Walking Dead, los conceptos de desigualdad social y tumultos, que el padre del zombi moderno George A. Romero no dudaría en abrazar, se descartan en favor de un trillado thriller con zombis. Es como tener la idea de una nueva receta con huevos y patata y terminar haciendo una tortilla española corriente y moliente: no es que esté mal, pero, ¿por qué no darle vueltas hasta sacar algo original?

Cuando salieron las primeras películas de zombis, el concepto de una masa de gente ocupando las calles sólo se relacionaba con la vida comercial (de ahí que la secuela de La noche de los muertos vivientes se desarrolle en un centro comercial) o como algo extraordinario. Por desgracia, en nuestro contexto actual, las masas de gente han adquirido un nuevo significado al que nos hemos acostumbrado.

Los productos culturales populares están añadiendo a sus historias esta situación, pero no se atreven a explotarla del todo. ¿Será por miedo a que se les tache de reaccionarios, por incompetencia o por mera vaguería?

Gráficos de nueva generación

No, no me he equivocado con el titular. Aunque no estemos hablando de videojuegos, me veo obligado a hablar como si estuviera jugando a uno cuando se trata del aspecto visual de Seoul Station.

 

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Grabada con un presupuesto de algo más de medio millón de euros, está claro que la animación tradicional habría encarecido demasiado el coste de crear la película. O encierras a tus dibujantes en sótano, con un sueldo y condiciones semejantes a quienes hacen la ropa que vistes, o te buscas la forma de sacar la película adelante.

El remedio ha sido grabar con lo un software capaz de renderizar polígonos como si fueran dibujos animados. Esta técnica, llamada cel shading, tuvo su apogeo a caballo de la década pasada y ésta, cuando la potencia de los ordenadores y consolas impedía un acercamiento fotorrealista; los videojuegos abrazaron así la estética de cómic con esqueleto poligonal.

 

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Seoul Station luce bien en los mejores momentos, curiosamente los más íntimos y cotidianos, a pesar de cierto acartonamiento de los movimientos y expresiones. Por desgracia, en los peores parecen las cinemáticas de un videojuego, con la desventaja de que no tienes un botón para saltártelas ni puedes manejar los devenires de los personajes: los zombis y movimientos se repiten, copia y pega, como un Hanna-Barbera del nuevo siglo.

Silbato de salida

En definitiva, la película de Sang-ho Yeon apunta a todo y se queda en nada. Su apariencia quiere suponer, creo, una forma de hacer animación más barata, pero se queda como un videojuego de producción media; su argumento quiere denuncia las injusticias de la sociedad surcoreana en particular y del primer mundo en general, pero no pasa de un subproducto de zombis más.

Como los seres que la pueblan, Seoul Station está furiosa pero no sabe con qué; no puede digerir un argumento decente, pero muerde. Y así, cuando te mira a los ojos… no hay nada.

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Adrián Álvarez

Adrián Álvarez empezó a escribir en Internet en 2004 y no ha dejado desde entonces de volcar su sabiduría en distintos medios de comunicación. El último gran guionista audiovisual, compagina su trabajo como redactor en Cinco79, co-fundado por él, con otras doscientas webs y un empleo que le da de comer. También hace la mejor tortilla francesa de España.