Crítica de Múltiple – M. Night Shyamalan vuelve a lo grande

Crítica de Múltiple – Director y guionista: M. Night Shyamalan – Música: West Dylan Thordson – Fotografía: Michael Gioulakis – Reparto: James McAvoy, Anya Taylor-Joy, Betty Buckley, Brad William Henke, Haley Lu Richardson, Sterling K. Brown, Kim Director, Sebastian Arcelus, Lyne Renee, Neal Huff, Jessica Sula, Maria Breyman, Steven Dennis – Productora: Universal / Blinding Edge Pictures / Blumhouse Productions

 

Los trastornos de personalidad múltiple no están precisamente consolidados en la comunidad científica, pero sí en el mundo de la cultura. En manos de un buen equipo, una historia basada en este trastorno, sin necesidad de ser respetuosa con él, puede ser muy divertida o muy pretenciosa. La última película de M. Night Shyamalan, recientemente estrenada en formato doméstico, consigue, como su protagonista, armonizar ambas facetas por muy difícil que esto parezca.

 

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En Múltiple, James McAvoy interpreta a un hombre con 23 personalidades. La primera que conocemos está afectada por un trastorno obsesivo compulsivo y secuestra a tres adolescentes de forma impecable e implacable. El motivo, desvelado más adelante, es que una nueva personalidad, monstruosa y muy alejada de lo que llamaríamos humana, se está gestando en su interior y algunas de estas 23 esperan su llegada con veneración. Esta bestia querrá sangre cuando aparezca.

 

Hacer creíble lo increíble

 

 

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Shyamalan, que nunca ha ocultado que su concepción del terror y el fantástico tiene una deuda con las antologías de mediados de siglo y productos como The Twilight Zone o Historias de la cripta, por no hablar de los cómics de la EC, se vale de imaginativas metáforas verbales para hacer, si no plausible en el mundo real, sí en su mundo de ficción, una premisa que huele a disparate a poco que se ponga la lupa encima. Gracias a la cuidadosa siembra en su guión, la próxima aparición de esa bestia pasa de ser atemorizante a directamente ominosa, más parecida a la venida de un Anticristo, sobre todo cuando la ficción establece que una personalidad puede trascender las limitaciones físicas de la persona que la aloja.

James McAvoy, mientras, se divierte con un papel que, en otro contexto, merecería un Oscar. No pienso destripar uno de los mejores giros de guión de la película, cuando una de las personalidades hace una de sus frecuentes visitas a su psiquiatra (Betty Buckley), pero baste sugerir que en dos minutos, McAvoy es capaz de componer una muñeca rusa de personalidades y hacerla saltar por los aires poco después. Más adelante, delante de una de sus temblorosas víctimas, enseña un carrusel de personalidades, cada una con su propio tic y acento.

 

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Sinceramente, no sé por qué este tipo de trabajos no se consideran premiables cuando, pese a ser grotescos sobre el papel, adquieren un asombrosa aura de credibilidad gracias a los actores. El escocés, que nunca se ha conformado con papeles de chico bueno, como demuestra su participación en Trance o Filth, añade a su galería un villano que sólo está satisfecho con su maldad inherente en algo menos de un cincuenta por ciento: si aquí escrito es difícil de explicar, imaginaos cómo será interpretarlo. Pero lo clava.

 

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De poco valdría lo de McAvoy si las tres adolescentes que secuestra se quedaran quietas y fueran convidado de piedra para las locuras de su captor. Las películas de secuestradores psicópatas existen en este universo de Shyamalan y estas tres chicas las han visto todas. Hasta aquí, nada muy diferente de lo que hemos visto de manera habitual en el género los últimos veinte años, en el que la chica final salva el día o por lo menos la vida.

 

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Anya Taylor-Joy, a la que descubrí en ese magnífico ejercicio de atmósfera aterradora llamada La bruja (Robert Eggers, 2015), es una chica que, en principio, ni siquiera debería estar allí. Resulta que es invitada a un cumpleaños al que no quiere ir, por unas chicas a las que apenas considera sus amigas, por un gesto de lástima del padre de una de las chicas capturadas. Pero Casey, su personaje, tiene un pasado turbulento que se desarrolla mediante flashbacks y que la actriz es capaz de interiorizar, sacando de éste todas y cada una de las emociones que despliega más tarde.  Si Múltiple pudiera resistirse a un segundo visionado por la cantidad de giros y descubrimientos que tiene, seguro que lo merece sólo por rastrear la actuación de Anya desde el principio.

La historia secundaria de Casey, eso sí, tiene un problema. Quizá en un intento por ser realista, o por sumar su tragedia a la del protagonista de la cinta, lo que cuentan los flashbacks no termina de culminar de ningún modo. Se quedan en un añadido, perturbador y sí, realista en su voluntad de terminar su historia del modo que muchas historias reales terminan, pero el mundo de las películas (¡a estas horas hay que explicarlo!) no es el mundo real. Si muestras algo, tiene que tener un sentido porque su representación responde a un propósito, y si como en el caso de Múltiple, te quedas a medio gas, no hay forma de que el espectador quede satisfecho.

 

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Un regreso esperado

 

Pero, en general, Múltiple nos trae de vuelta a M. Night Shyamalan en todos los sentidos, como su tendencia a convertir conceptos de serie B en introspecciones psicológicas. Un autor completo, por desgracia también actor, que ha conseguido salir de un bache creativo y más importante, de imagen pública, debido a una crítica, la norteamericana, que le tomó como un objetivo demasiado fácil y demasiado pronto.

A estas alturas, que lo más seguro es que si la compráis es porque la disfrutasteis en cine, aún no se puede hablar abiertamente de su final, pero merece la pena reseñarlo porque transforma por completo la película. En una obra llamada Múltiple, es curioso y divertido y estimulante que haya cambios hasta la última escena, donde un thriller psicológico se convierte, con una frase y un actor, en una historia de orígenes en la cresta de una de las modas del cine actual.

 

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Adrián Álvarez

Adrián Álvarez empezó a escribir en Internet en 2004 y no ha dejado desde entonces de volcar su sabiduría en distintos medios de comunicación. El último gran guionista audiovisual, compagina su trabajo como redactor en Cinco79, co-fundado por él, con otras doscientas webs y un empleo que le da de comer. También hace la mejor tortilla francesa de España.