Crítica de La Forma del Agua – La mujer y el monstruo

Crítica de La forma del agua – Escrita y dirigida por Guillermo del Toro – Protagonizada por Sally Hawkins, Michael Shannon, Richard Jenkins, Octavia Spencer, Michael Stuhlbarg, Doug Jones, David Hewlett, Nick Searcy – Productora: Fox Searchlight Pictures – Distribuidora: Twentieth Century Fox España

El nuevo film de Guillermo del Toro es algo más que una simple historia de amor entre un monstruo y una mujer. Dejando de lado la poderosa carga política que la compone, igual que la mayoría de largometrajes de su filmografía, La forma del agua es una representación del fantástico clásico de los años 40 y 50. Homenajea a films como La bella y la bestia (1946, Jean Cocteau) y se inspira, claramente, en La mujer y el monstruo (1954, Jack Arnold).

A esta última obra no solo le escribe una carta de amor sino que la representa tal y como Arnold hubiera querido. Aunque Del Toro también reserva un espacio en la cinta para mostrar que La forma del agua no solo es una declaración de amor por el género fantástico, puesto que, a su vez, recurre al musical clásico en diversas ocasiones para rociar al film de magia. Haciendo que su película no solo ejecute un único género y, demostrando al mismo tiempo, que estos no son depósitos estancos, sino que pueden mezclarse los unos con los otros para crear obras bellas y con una diversidad majestuosa.

Romance acuático fantástico

La forma del agua abre como si fuera un cuento de hadas, con un narrador situándonos en la trama y presentándonos a la protagonista, Elise, interpretada por una Sally Hawkins que ha firmado aquí el papelón de su carrera, una mujer muda –con unas cicatrices en el cuello que parecen branquias- cuya rutina diaria consiste en levantarse, preparar el desayuno, masturbarse en la bañera e ir a ver a su vecino homosexual, Richard Jenkins.

Aunque su rutina se ve alterada cuando conoce a una increíble y misteriosa criatura acuática en el laboratorio donde trabaja como servicio de limpieza. Es a partir de ese instante cuando ambos se ven sometidos a la fuerza del amor y se enamoran locamente el uno del otro. La suavidad con la que Del Toro filma las escenas en las que Elise y el monstruo –con un diseño sacado de otro monstruo de sus películas, Abe Sapien de Hellboy– dan esos primeros pasos en un romance que, a priori, parece inconcebible e imposible de imaginar, es sencillamente deslumbrante.

En poco más de una hora de metraje, Del Toro ya se ha metido en el bolsillo al espectador por la capacidad tan pura de empatía que desprenden sus dos protagonistas vistos como freaks, o bichos raros, a ojos de la sociedad de los años 60, donde transcurre la acción del film.

Pero los logros de Del Toro no solo son conseguir representar al detalle esa época y mezclar una historia romántica puramente fantástica con partes de thriller y cine negro en plena Guerra Fría. Sus logros se elevan al cubo cuando retrata a la sociedad actual en esos años y proclama, sin vergüenza ninguna, que el mundo todavía sigue siendo un lugar duro que no te da respiro y que te deja de lado si no cumples con unos estándares mínimos autoimpuestos por aquellos que se consideran superiores por ser de una etnia, o raza, determinada y por pertenecer a una clase social media-alta.

Todo ello viene representado por el personaje de Michael Shannon, un hombre que encarna el mal en todos sus aspectos. De hecho, es él el que a medida que avanza la historia se va convirtiendo en un monstruo y queda retratado como tal. Y no solo por su carácter, dado que también sufre una especie de metamorfosis, bastante delimitada, que sirve como objeto para exponer de una manera más clara que su personaje, Strickland, ha perdido los estribos y se ha convertido en un Terminator descafeinado con el único objetivo de purgar a la sociedad de los seres que son considerados freaks –y, claro, al ser americano, también de los comunistas-.

En cierto modo, los protagonistas de La forma del agua son una proyección del propio Del Toro. Un director que siempre se ha maravillado con la fantasía, el terror y los monstruos y que ha sido tratado de diferente por ese motivo. Es por ello que, aquí, no solo firma su obra más bella y sincera, sino la mejor que ha traído hasta la fecha.

Es evidente que el film nace a partir de obras como la ya mencionada Creature from the Black Lagoon de Arnold y todas aquellas que juegan con el concepto de bella y bestia o mujer y monstruo. Pero La forma del agua no esconde a sus referentes, ni se plantea a sí misma como algo novedoso. Por esa misma razón, en no muchos años, esta servirá de ejemplo para otras que quieran tratar el mismo tema.

 

Lo mejor: El dominio del fantástico que despliega Del Toro.

Lo peor: Que se la trate como una simple historia de amor más.

 

 

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