Crítica de Hasta el último hombre – Mel Gibson dice que lo siente

Crítica de Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge) – Dirigida por Mel Gibson – Guión:  Robert Schenkkan y Andrew Knight – Actores: Andrew Garfield, Hugo Weaving, Teresa Palmer, Sam Worthington, Vince Vaughn, Rachel Griffiths – Música de Rupert Gregson-Williams – Director de fotografía Simon Duggan – Productora: IM Global, AI-Film, Icon Productions, Cross Creek Pictures, Demarest Media, Pandemonioum – Distribuidora: DeAPlaneta. 

 

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Cuando caes en desgracia en Hollywood, tienes tres opciones: no volver a levantarte, pedir disculpa a través de la comedia o hacer una película de Oscar. Mel Gibson, que acabó convertido en un paria por su antisemitismo, misoginia e ira desmesurada, además de por un lamentable episodio de maltrato, ha escogido esta última opción para que se le vuelva a tener en cuenta. Pero siempre bajo sus términos.

Desmond Doss (Andrew Garfield) es hijo de un amargado veterano de la I Guerra Mundial (Hugo Weaving) y crece convencido de que no se debe matar a las personas. Pero cuando la II Guerra Mundial estalla, se alista dispuesto a ayudar, pero nunca a quebrantar su credo, oponiéndose a una maquinaria que debe convertir a los hombres en picadoras de carne. Se plantea así una pregunta clave, ¿es un soldado que se niega a matar un estúpido, un loco… o el más valiente de todos?

 

Esto es la guerra

 

Ante todo, Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge) es una película bélica con un protagonista bonachón que apela a los sentimientos. A todos. Donde otros se pararían, Gibson sigue adelante, porque quiere que sientas algo más que heroísmo o desazón: desde la insoportable melancolía de sobrevivir a una guerra, encarnada por el padre del protagonista, hasta la locura sin honor que supone un campo de batalla. Muchas películas se han hecho sobre la II Guerra Mundial, pero la línea general para la mayoría es que había un motivo, era válido y ganaron los buenos: por tanto, esa línea general es autojustificativa y utiliza la épica para ayudar a digerir la idea de que se mató a gente.

 

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Aquí la épica está protagonizada por un hombre que en mitad de un infierno decidió mantenerse fiel a sus principios. Gibson no escatima en sangre y escenas impactantes para hacerte ver que la guerra no puede tener nada de bonito, así que te muestra miembros amputados, cuerpos amontonados y sobre todo, locura. El primer tiroteo empieza con un susto tremendo y demencial y termina con los protagonistas atrincherados, y la sin razón se adueña de la pantalla. En un momento, pensé que Gibson casi se estaba rindiendo cuando pone la cámara lenta durante el desarrollo de otra batalla, que se rendía a la presión y se decidía a glorificar un campo de batalla demasiado estúpido como para no ser cierto, hasta que muestra a un soldado japonés en llamas saltando sobre varios muertos. Para el director la guerra es así y lo único bonito es la voluntad de los hombres por sobrevivirla.

 

Donde está el corazón

 

Andrew Garfield es un grandísimo actor que se ganó a pulso el papel de Spider-man tras demostrar, en un puñado de escenas de La red social (David Fincher, 2010), que podía pasar de la amistad sin concesiones a la desesperación y la ira. Gracias al superhéroe se terminó de revelar al gran público, pero en Hasta el último hombre es donde tiene la ocasión de brillar. Su Desmond Doss es el mejor superhéroe que ha interpretado, ¡y es real!

Cómo aprovecha el regalo de manos de los guionistas Robert Schenkkan y Andrew Knight, en forma de hombre tan sujeto a sus convicciones que podría parecer tonto o empecinado o ambos, pero que en su lugar queda como honorable cabezota gracias a su discurso. El guión te dice que la guerra necesita hombres como Desmond Doss, quien se negó a sujetar un arma durante toda la contienda pero que, como médico, consiguió salvar decenas de vidas.

 

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Al principio, Garfield parece tan inocente que podría quebrarse ante las circunstancias, pero esa máscara de inocencia se revela como una forma de Doss de enfrentarse a un mundo que nunca ha sido bonito si no se pone de tu parte. Y el actor es capaz de sacar todos esos matices, de forma que es imposible no admirar a su personaje, cuando no te entran ganas de cruzar la pantalla y darle un buen abrazo.

 

En las guerras no se está solo

 

Aunque Garfield hace todo un recital que huele a Oscar, son el resto de miembros del reparto los que hacen que funcione tan bien. Desde un Sam Worthington que ha recordado lo que es interpretar, con un capitán cuya cara de palo esconde preocupación por los miembros de su compañía, a una Teresa Palmer en el papel de abnegada novia.

La única sombra es la de un Vince Vaughn a quien años de comedia autocomplaciente han transformado, para el espectador medio, en un bufón más que un actor. No me interpretes mal: hace un buen papel como sargento chusquero en el campo de entrenamiento y como soldado en la batalla, pero no deja de ser Vince Vaughn en mitad de un estanque que no es el suyo.

 

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Pero por si fuera poco con un Garfield en estado de gracia, tenemos a Rachel Griffiths como la sufrida madre de Desmond y, sobre todo, a esa bestia negra que es Hugo Weaving. Ambos interpretan a los padres de Desmond Doss y por poco se comen la película en su primera parte, porque su historia es de llorar muy fuerte. Weaving interpreta a un hombre de alma destrozada por la I Guerra Mundial: moralmente arruinado, es incapaz de soportar el haber sobrevivido a todos sus amigos y le carcome la idea de que podría sobrevivir a sus hijos; mientras, Griffiths se mantiene firme como una esposa que ha visto a un buen hombre pudrirse por dentro, pero al que sigue queriendo después de todo. Los dos son la brújula que orientan a Desmond Doss y sin ellos la película tendría un poco menos de sentido y sería mucho más convencional.

 

Déjame salvar a otro hombre más

 

Hasta el último hombre es una película bélica donde la idea de honor no reside en la propia guerra, sino en los soldados que la pelean. Cuando termina esta historia tan increíble que hasta acompaña de testimonios reales en su recta final, uno no tiene ganas de alistarse, pero sí de mantenerse fuerte en tus creencias sin herir a nadie. Es la mejor disculpa que podría esgrimir alguien como Mel Gibson, y uno de los argumentos más sólidos que se pueden tener al hablar de la guerra.

 

 

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Adrián Álvarez

Adrián Álvarez empezó a escribir en Internet en 2004 y no ha dejado desde entonces de volcar su sabiduría en distintos medios de comunicación. El último gran guionista audiovisual, compagina su trabajo como redactor en Cinco79, co-fundado por él, con otras doscientas webs y un empleo que le da de comer. También hace la mejor tortilla francesa de España.