Crítica de El guardián invisible – CSI: Navarra

Crítica de El guardián invisible – Dirigida por Fernando González Molina – Guión de Luiso Berdejo, basada en la novela de Dolores Redondo – Música de Fernando Velázquez – Fotografía de Flavio Martínez Labiano – Interpretada por Marta Etura, Elvira Mínguez, Francesc Orella, Itziar Aizpuru, Carlos Librado, Miquel Fernández, Pedro Casablanc, Miren Gaztañaga y Javier Botet – Productora: Coproducción España-Alemania; Nostromo Pictures / Atresmedia Cine / ZDF / arte – Fecha de estreno en España: 03/03/2017

 

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Películas como El guardián invisible son frustrantes durante y después de la proyección. El motivo es que te hacen pensar cómo se podría haberla hecho de forma distinta, cómo se podría haber mejorado ciertos detalles o la resolución de ciertas escenas, para que la película fuera mejor: el material para ello está ahí, no digo siquiera encerrado en las páginas del libro de Dolores Redondo en que se basa, sino en lo misma película.

 

Guardiana de su casa

 

Marta Etura interpreta a Amaia Salazar, ex-agente del FBI y ahora agente de la Policía Foral, que tiene que investigar una serie de asesinatos de chicas jóvenes en la población navarra de Elizondo, donde sufrió una infancia desdichada a manos de su perturbada madre (Miren Gaztañaga) y donde su pasado como agente de FBI, lejos de despertar admiración, es contemplado con rencor paleto.

 

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Además, Salazar no es muy normal porque cuenta con una gran intuición. O eso se nos dice, porque el personaje, en la película, se dedica a poner la mano encima de las muchachas asesinadas y atender mientras todos los demás sacan sus conclusiones y averiguaciones sobre el caso. Más que intuición, tiene una gran capacidad de escuchar cómo los demás hacen su trabajo.

Etura hace un esfuerzo encomiable, pero está desaprovechada, ya que ni desde guión ni desde dirección se le da mucho margen para hacer creíble el talento de su trabajo. En concreto, las escenas en las que Salazar llama a un antiguo compañero del FBI (Colin McFarlane) delatan esta desconfianza, no sé si en la actriz, en la capacidad narrativa del equipo artístico o en el espectador: en ellas, el compañero le recuerda, verbalmente, lo talentosa que es, para luego pasar a otras escenas y no dejar que el consejo cale en el personaje de Etura. ¿Por qué hacer estas llamadas, contratar a un actor inglés, obligar a Etura manejarse en otro idioma, cuando se puede mostrar la intuición de Salazar? ¿Por qué aburrir con conversaciones sin un propósito narrativo cuando, al hacer a la detective cerrar los ojos en mitad de la lluvia, se obtiene una representación visual de su talento sin salir del ambiente claustrofóbico de Elizondo?

 

Secundarios al rescate (¿o al ataque?)

 

Al menos, los secundarios que roban el pan y la sal a Marta Etura están espléndidos y se ganan cada uno de los minutos en los que aparecen. Cuando la inspectora Salazar necesita alguien con quien hablar de temas forenses, tiene a Paco Tous; cuando necesita un compañero en la policía, está Jonan (interpretado por Nene) y cuando necesita oposición y envidia, a un magnífico Francesc Orella. Quizá Benn Northover, que interpreta a la pareja de la inspectora, sea el que peor parado sale, pero sólo porque la película no tiene mucha idea de qué hacer con él.

 

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Por encima de todo, hay dos actrices cuya presencia no diluye, sino que directamente anula, a la inspectora Salazar. La primera es Miren Gaztañaga, que interpreta en los flashbacks a la madre de la protagonista: podría haberse conformado con una interpretación desquiciada y sobreactuada de una persona con evidentes problemas psicológicos, pero sus arranques de ira, la mezcla de gritos y susurros, los inquietantes recuerdos en los que participa, hacen de cada escena un ejercicio de mal rollo y tensión. Básicamente, como no sabes exactamente cómo va a reaccionar o qué querrá hacerle a la joven Amaia, el terror se adueña de la pantalla y de ti. Es más, frente al convencionalismo de la trama detectivesca, esta subtrama sí que es un thriller de los buenos.

La segunda es Elvira Mínguez, una de las dos hermanas de Amaia. Desde su primera escena, en la que prueba un bizcocho encontrado, aunque ella no lo sepa, en el pubis de una de las adolescentes asesinadas (interpretada con sobriedad; no puedo dejar escapar este detalle que daría para comedia, pero que se pierde entre los minutos del metraje sin consecuencia alguna), hasta una de las últimas, en las que suelta LA frase de la película, la que todos citaréis al salir del cine, Elvira eclipsa a Etura con cada mirada. Recita sus líneas con un rencor que parece siempre a punto de rebosar, pero que nunca sale del todo.

 

Un guión que debe demasiado a la novela

 

Luiso Berdejo, responsable de adaptar la novela El guardián invisible, es uno de los guionistas españoles de género más notables. Responsable parcial de Rec (2007) y Rec 3 (2012) entre muchas más y autor de algunos multipremiados cortometrajes, se enfrentaba aquí a la difícil tarea de trasladar una de esas novelas que han vendido miles de ejemplares.

 

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Quizá por miedo a dejar insatisfechos a los lectores de la novela, otorga tanto peso a todos los secundarios que rodean a la inspectora Salazar que ésta deja de tener sitio en su propia película. Parece que al libreto le han faltado un par de vueltas más para destilar lo que de verdad importa y extraer lo que en la página queda bien, pero resta en la pantalla.

Mi mayor queja y la prueba palpable de que la novela no ha sido tan bien adaptada tiene que ver con los diálogos, demasiado literarios. Expresiones rebuscadas y frases alambicadas en lo que deberían ser intercambios fluidos hacen que los actores declamen, más que actúen, algunas de sus líneas, como si hubiera un teleprompter fuera de plano.

Al final, poco importa, porque el thriller no deja de ser demasiado convencional y la identidad del asesino, como en cualquier procedural televisivo, se puede sacar fácilmente mediante la regla de la presencia en pantalla. 

¿Alguna vez habéis viajado a otro país, muy lejano y exótico, para acabar tomando una hamburguesa en McDonalds? Pues esto es lo mismo: aunque esté ambientado en Navarra, la puesta en escena sea sobria y la producción se note de presupuesto abultado, no deja de ser un episodio de Mentes criminales.

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Adrián Álvarez

Adrián Álvarez empezó a escribir en Internet en 2004 y no ha dejado desde entonces de volcar su sabiduría en distintos medios de comunicación. El último gran guionista audiovisual, compagina su trabajo como redactor en Cinco79, co-fundado por él, con otras doscientas webs y un empleo que le da de comer. También hace la mejor tortilla francesa de España.

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