Crítica de Death Note – la nueva gamberrada de Adam Wingard

Director: Adam Wingard – Guión: Charley Parlapanides, Vlas Parlapanides, Jeremy Slater (Manga: Tsugumi Ohba, Takeshi Obata) – Música: Atticus Ross, Leopold Ross – Fotografía: David Tattersall – Reparto: Nat Wolff, Keith Stanfield, Margaret Qualley, Shea Whigham, Willem Dafoe, Jason Liles – Productora: Netflix / Lin Pictures / Vertigo Entertainment / Viz Productions

 

Death Note Poster

 

Éste es el tipo de película ante la que un crítico debe pararse a pensar antes de teclear: la incesante ola de remakes, reinterpretaciones y adaptaciones requiere, en la mayoría de los casos, conocer el material de partida, venga de donde venga. Por supuesto, no se trata de algo indispensable, pero sí que ayuda a conocer la motivación y las decisiones de los responsables.

Lo que quiero decir es que, como fan de Death Note y espectador de cine, esta versión de Netflix me gusta y esto puede parecer contradictorio.

Juegos con el demonio

 

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Light Turner (Nat Wolff) es un estudiante que, además de inteligente, se pasa de listo. Por eso, y porque está en plena adolescencia, la aparición de un cuaderno que mata a todo el que vea escrito su nombre en él le cambiará la vida. Primero, descubrirá su poder; luego, lo utilizará para cobrarse cuentas pendientes; después, le servirá… para ligar con Mia Sutton (Margaret Qualley). Y ahí las cosas empezarán a ir cuesta abajo.

Porque él sólo tiene ganas, pero junto a Mia idea un plan: la creación de Kira, un supuesto asesino que sirva de hombre del saco para todos los delincuentes del mundo. Light y Mia se lían a ejecutar escoria de las formas más escabrosas posibles, ella se viene arriba y terminan por llamar la atención de L (Keith Stanfield), el mejor detective del mundo.

 

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Lo que sigue no es un juego de gato y ratón, sino más bien una persecución implacable de la que es posible que el protagonista no salga vivo y que me encontré disfrutando desde el principio.

Talento delante de la cámara

Nat Wolff, habitual de un tipo de drama juvenil ya en declive, compone un Light que, sólo en apariencia, parece más atolondrado de lo que es en realidad: al contrario que su contrapartida japonesa, que apenas tenía un arco de personaje, puede entenderse esta historia como de origen, hasta dar forma al supervillano original, y esto sólo beneficia al actor, porque puede tener más de un registro y le permite comportarse como un adolescente de verdad.

 

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Sin embargo, Wolff no es ni de lejos el mejor actor del reparto pese a su buen trabajo. Quien más agradece los cambios pergeñados en la historia original es Margaret Qualley, pues la Mia japonesa palidece ante lo que es capaz la de esta versión, una Light Yagami en la sombra de esta historia. Su aparente candidez se vuelve pronto en un cerebro al servicio del asesinato, que toma la muerte como una diversión con beneficios para la humanidad.

Al lado de ambos, Willem Dafoe presta su mejor tono juguetón y siniestro como Ryuk, el demonio de la muerte japonés que deja caer el cuaderno de marras, y en su contra, Keith Stanfield deslumbra como un L más vulnerable, pero también más feroz cuando lo requieren las circunstancias. La escena que comparten dialogando Wolff y Stanfield en una cafetería, me hace soñar con una adaptación que hubiera priorizado el duelo intelectual sobre el físico, pero es algo que una hipotética segunda parte podría solucionar.

Y es que, como toda historia de orígenes, puede flojear por la necesidad de imponer una atmósfera y unas reglas, pero las posibilidades que deja no sólo son muy amplias… son también novedosas para el fan de Death Note, y eso sólo significa que ha hecho muy bien su trabajo.

 

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Cambios necesarios para una adaptación

Antes de continuar con este remake, tengo que anotar que Death Note siempre ha sido la rara de la clase: cuando se publicó serializada en Shōnen Jump, escrito por Tsugumi Ōba e ilustrado por Takeshi Obata, su historia poco tenía que ver con el contenido típico de la revista; el anime subrayó los elementos más disparatados, a veces haciendo mofa muy evidente de los modos habituales del anime, como la forma exageradísima de escribir nombres en el cuaderno o el momento “‘Cojo una patata… ¡¡y me la como!!” que, apoyados en la música, elevan la épica hasta el 11.

El paso a la imagen real, idealmente, tendría que continuar ese espíritu iconoclasta y las películas japonesas no lo trasladan mal. Pero para que nos cuenten otra vez toda la historia, ya está el manga, el anime y dichas películas. Adam Wingard, apoyado en los guionistas, se trae Death Note a su terreno, que no es otro que el jugueteo con las expectativas del espectador con una estética cuidada, preferiblemente nocturna y chillona.

 

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Vista ahora, los cambios en esta Death Note hasta parecen fáciles de lo obvios que resultan a veces. Lo más básico es que se ha occidentalizado la historia por completo: el protagonista va al instituto y su historia cobra sentido allí, con su baile de promoción y todo; Mia es animadora; Ryuk ya no es un diablillo juguetón sino una figura siniestra y tentadora más acorde con el demonio occidental…

Otros cambios, más que afectar a la historia, afectan al espectador. Como he comentado antes, ésta es una historia de orígenes, de cómo Light se convierte en el personaje que vemos en el anime, un punto de vista narrativo más propio de Occidente.

 

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Y aunque va en detrimento de la historia y de las dotes detectivescas de L, que tan buenos frutos dieron en el material base, las muertes son espectaculares y grotescas, propias de la franquicia Destino final, para no recurrir, precisamente, a la exageración de gestos cotidianos y contentar al público potencial, el de terror juvenil.

No escribáis sus nombres en vuestro Death Note

Me refiero, claro, a los responsables de que esta adaptación vea la luz. Cuando decía que hay que conocer el material de partida, no me refería de manera única al manga, también a la trayectoria de guionistas y director: los primeros, atados al proyecto desde su inicio en Hollywood, empeñados en minimizar el componente sobrenatural; pero sobre todo el director, Adam Wingard, cuya arrolladora personalidad eleva la película.

Ya desde Eres el siguiente (2011) se apreciaba que el director sabe muy bien por dónde cree el aficionado que transcurrirá la historia, así que gusta de traicionar tus expectativas, a veces con sutilidad, otras como una apisonadora. Y es lo que pasa aquí: esperas un duelo y presencias una batalla por varios frentes; crees que contradice sus propias normas, pero sólo las retuerce.

 

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Esa demolición se extiende hasta el final: la película coquetea con lo que el fan de Death Note cree que va a encontrar, para luego demostrarle que es respetuoso a la vez que elabora su propio universo.

Cualquiera diría que una adaptación como ésta funciona igual que un Death Note, “matando” lo que en él se contiene, pero es innegable que el filme de Wingard es un punto de partida que merece un visionado y continuidad, no esa ola de odio que se ha desatado en su contra. El que quiera ver la misma historia, puede hacerlo de muchas formas, pero quien quiera un nuevo y atractivo punto de vista puede empezar aquí.

Decía yo que la especialidad de Wingard es traicionar expectativas: ni yo creí que fuera a defenderle tanto.

 

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Adrián Álvarez

Adrián Álvarez empezó a escribir en Internet en 2004 y no ha dejado desde entonces de volcar su sabiduría en distintos medios de comunicación. El último gran guionista audiovisual, compagina su trabajo como redactor en Cinco79, co-fundado por él, con otras doscientas webs y un empleo que le da de comer. También hace la mejor tortilla francesa de España.